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PREÁMBULO

Eduardo Matos Moctezuma

¿En dónde está el camino
para bajar al Reino de los Muertos,
en donde están los que ya no tienen cuerpo?
¿Hay vida aún allá en esa región
en que de algún modo se existe?
¿Tienen aún conciencia nuestros corazones...?

Tres preguntas existenciales plantea el pensador nahua en su canto. Tres son los lugares a donde se irá después de la muerte. Tres son los niveles del universo...en fin, en este canto queda expresada la angustia presente en el hombre de todos los tiempos. En otra ocasión he dicho que el hombre se niega a morir y esto lo lleva a crear los lugares a donde irá después de la muerte. Para los nahuas éstos eran: La Casa del Sol, exclusivo para los guerreros muertos en combate y para las mujeres muertas en parto, pues el trance de dar vida se equipara a la guerra. Los primeros acompañaban al sol desde que salía en el oriente hasta mediodía; las segundas lo hacían desde el mediodía hasta el atardecer. El Tlalocan se destinaba para quienes morían en relación con el agua: ahogados, hidrópicos, por rayo; era éste un lugar de verano constante. El tercer lugar era el Mictlan, el inframundo que los frailes del siglo XVI confundieron con el infierno. Allí iban los que morían de cualquier otra manera no relacionada con las formas anteriores. Era el regreso al vientre materno, al lugar de origen. Allí residían Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl, Señor y Señora del mundo de los muertos. Todos los que morían debían ser previamente devorados por Tlaltecuhtli, el Señor de la Tierra, para poder continuar su transitar al destino que su forma de muerte les hubiera deparado. Y en este punto podemos tratar de dar respuesta a las interrogantes planteadas por al cantor nahua...

¿A dónde está el camino para bajar al Reino de los Muertos, en donde están los que no tienen cuerpo...?

Difícil pregunta. Por un lado sabemos que al rumbo norte del universo se le conocía como Mictlampa, "región de los muertos". Era el rumbo de lo frío y de lo seco; su color es amarillo o negro y su símbolo el cuchillo de sacrificios. Por otra parte, tenemos la concepción vertical del universo concebida en tres niveles: la tierra, lugar donde habita el hombre; el nivel celeste, compuesto por trece cielos (originalmente, al parecer, eran nueve), identificados con fenómenos observables como el lugar por donde pasa la luna, el sol, las nubes, el planeta Venus, el lugar donde se forman las tempestades, los cometas, etcétera, y los cielos más altos correspondían a determinados colores hasta llegar a los niveles de gran sacralidad en donde se asentaba la dualidad: el Omeyocan. Finalmente tenemos al Mictlan o inframundo, ubicado de la tierra hacia abajo y conformado por nueve niveles que eran otros tantos pasos y acechanzas para llegar a él. Allí se encontraban los señores del mundo de los muertos. Hasta esas profundidades tuvo que bajar Quetzalcóatl para buscar los huesos con los que se creó al hombre. A esas profundidades entraremos para estar frente a Mictlantecuhtli...

¿Hay vida aún allá en donde de algún modo se existe...?

No. Este es el recinto de la muerte. Sin embargo, no debemos olvidar que estamos en un mundo de dualidades y que no se puede concebir algo sin su contraparte. Así, el lugar de la muerte, el Mictlan, es la matriz universal que guarda los huesos de los individuos muertos y la pareja que en él reside tiene su dualidad en el nivel celeste, presidido a su vez por Ometecuhtli y Omecíhuatl, señores de la dualidad y dadores de vida.
Pero veamos cómo se representaba a Mictlantecuhtli (Figura A) A . Aquí lo veremos en una de sus expresiones más impactantes que conocemos. Ataviado apenas con un máxtlatl o braguero, lo primero que observamos es que todo está descarnado. Algunos colores, como el amarillo o el azul, fueron encontrados representando la putrefacción del cuerpo. Los brazos levantados y rematados por las enormes garras indican esa actitud de asustar tan característica de los dioses de la muerte. L enorme cabeza con agujeros para colocar pelo natural hacía más espantable la figura. Y es que la constante observación de los pueblos antiguos los llevaba a ver que, tanto las uñas como los cabellos, continuaban creciendo después de la muerte...
Para dar cabal respuesta a la pregunta, añadiremos que con los huesos que sustrajo Quetzalcóatl del Mictlan --conforme nos relata el mito--, unido a la sangre que manó de su miembro se creó el género humano. Así, lo muerto y lo vivo fueron necesarios para dar vida. Si acaso el poeta pregunta, angustiado, si hay esperanza de que después de la muerte individual haya vida, la respuesta es negativa y está expresada por el mismo poeta en la continuación de su canto:

...¿Es que allí los veré?
¿He de fijar los ojos en el rostro
de mi madre y mi padre?
¿Han de venir ellos a darme aún su canto y su palabra?
¡Yo los busco: nadie está allí:
nos dejaron huérfanos en la tierra!

¿Tienen aún conciencia nuestros corazones...?

La duda planteada va muy en relación con lo antes dicho. No. En la Región del Misterio todo termina. Esto llevó a pensar a más de un estudioso que, quizá, los nahuas tenían una forma materialista de pensamiento. Sólo a los guerreros muertos en combate o sacrificio se les garantizaba su trascendencia al más allá: después de cuatro años se transformarían en aves de hermoso plumaje o en mariposas que libarían las flores. De las otras maneras de muerte nada se dice. Entonces ¿tienen conciencia nuestros corazones? Una vez más la respuesta la dieron los viejos cantores:

Que se abra tu corazón como las flores;
que viva hacia arriba tu corazón...
Tú me aborreces, tú me preparas la muerte...
ya me voy a su casa,
vos desapareciendo...
Puede ser que por mí llores,
puede ser que te pongas por mí triste,
oh amigo mío...
Pero...yo me voy, yo me voy a su casa.
No dice más mi corazón:
Ya nunca más vendré,
ya nunca más he de pasar por la tierra...
Ya me voy, yo me voy a su casa...

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Ultima modificación: 31 de Mayo, 2000
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