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Introducción
Con la visión crítica que le es propia, Carlos Navarrete ha escudriñado las raíces de la tan celebrada en el extranjero visión mexicana de la muerte. Lejos de lo que pudiéramos suponer, el mito de la parca frecuentada, festejada, amada y siempre burlada, no se remonta más allá de los años veintes. Según nos explica Navarrete (1982: 9-12), en aquellos tiempos fundacionales de la Nación y enmedio de una mística revolucionara que buscaba la razón y el ser mexicanos, se revaloran las artes populares y, en especial, la obra gráfica de José Guadalupe Posada. Calaveras de azúcar, esqueletos de papel picado y catrinas impresas se convertirían así en ancestros ejemplares y fuentes de inspiración de una multifacética iconografía que inunda cada noviembre edificios públicos, escuelas, mercados, panaderías y panteones. En las décadas subsecuentes a la Revolución, intelectuales como Diego Rivera, Gabriel Fernández Ledesma y Paul Westheim harían suya esta bandera, difundiendo la nueva estética del más allá y consolidando el mito de que la muerte infunde poco o nada de temor en el mexicano.
A partir de esta visión de tintes pintorescos y, sobre todo, nacionalistas, no ha faltado quien ha querido encontrar en los hilos de la continuidad histórica una larga tradición indígena de calaveras amistosas y sonrientes. Obviamente, extrapolar el sentir urbano del México posrevolucionario al mundo prehispánico resulta excesivo. Si bien es cierto que la cosmovisión mexica o la maya no tienen nada equivalente al terrorífico infierno de nuestra herencia cristiana, tampoco se puede decir llanamente que antes de la llegada de los españoles no se tuviera miedo a la muerte, ni que seres como Mictlantecuhtli o el Dios A no inspiraran un enorme respeto en el creyente.
Las complejas concepciones prehispánicas en torno a la muerte y el más allá nos prohiben cualquier visión simplista. Numerosos estudios acerca del pensamiento indígena revelan elaboradas escatologías, así como deidades de muerte con rasgos contradictorios Inclusive, algunas de las funciones divinas pudieran parecer paradójicas desde nuestra óptica occidental. A manera de ilustración, baste por el momento mencionar que los dioses del inframundo no sólo tienen un carácter aterrador en los códices mixtecos, donde aparecen en escenas de muerte, sacrificio y destrucción. De manera sorprendente, en otras láminas de los mismos documentos, estos seres esqueléticos también revisten funciones generativas tanto en el ciclo vegetal como en la concepción y nacimiento de los seres humanos.
El interés principal de este trabajo se centra precisamente en el aspecto doble del Dios de la Muerte, ser ávido de carne y sangre humanas. Nuestras reflexiones parten del reciente descubrimiento de dos excepcionales imágenes mexicas de Mictlantecuhtli en la Casa de las Águilas, muy cerca de la intersección de las calles de Justo Sierra y República Argentina en el Centro Histórico de la Ciudad de México (figura 1). Dada la enorme importancia del hallazgo, en una primera parte nos referiremos con cierto detalle al contexto arqueológico y a los procesos de exploración y restauración de estas sorprendentes esculturas. Más adelante, haremos su análisis formal y tecnológico. Sobre esta base, discutiremos la visión indígena del Mictlan como un lugar maloliente y de descomposición, relacionado con la sexualidad, lo femenino, las pasiones y el crecimiento.
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Ultima modificación: 31 de Mayo, 2000
Museo del Templo Mayor, Instituto Nacional de Antropología e História, México.
Seminario #8, Centro Histórico, Cuauhtémoc, México, D.F. 06060
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