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El ihíyotl, aire resplandeciente y fétido
En The Natural History of the Soul in Ancient Mexico, Jill Leslie McKeever Furst nos demuestra cómo las antiguas creencias sobre el alma se basaban en cuidadosas observaciones de la naturaleza y, en particular, del organismo humano. En cierto sentido, las fuerzas anímicas de la imaginación indígena eran percibidas a través de experiencias normales; podían ser sentidas, tocadas y aun olidas. A este respecto, el caso del ihíyotl es particularmente explicativo. En el Vocabulario de Molina, el sustantivo yhyotl es definido como "aliento, huelgo o soplo" y el verbo ihiotia como la acción de "resollar, o peerse, o tomar aliento, o resplandear y luzir con ricas vestiduras".
A partir de dichas acepciones, McKeever Furst ha sido capaz de caracterizar al alma del hígado como un aire resplandeciente y fétido. A su juicio, la definición náhuatl del ihíyotl como una entidad lumínica y maloliente tiene su origen en fenómenos naturales que fueron percibidos por los pueblos del México precortesiano e integrados coherentemente a su cosmovisión. En lo que toca al primer atributo "tangible", McKeever Furst analiza el fenómeno conocido como ignis fatuus, consistente en luces "flotantes" que oscilan y cambian continuamente de dirección. Estas luces de color azul, verde, violeta o amarillo generalmente son perceptibles de noche sobre espejos de agua o en tierra firme durante la temporada de lluvias. En muy diversas tradiciones de todo el orbe, el ignis fatuus ha sido interpretado como la presencia de espíritus.
El fenómeno se explica científicamente como la ignición espontánea del metano generado por bacterias anaerobias en vegetación húmeda o cadáveres en descomposición. El metano también está presente en los gases producidos por el hombre durante el proceso digestivo. Tiene la peculiaridad de quemarse con la electricidad atmosférica, originando una luz azul de baja temperatura. De acuerdo con McKeever Furst, los habitantes de la Cuenca de México pudieron haber asociado este fuego frío con el ihíyotl, el inframundo y los muertos, contrastándolo con el fuego caliente del tonalli. De igual manera propone que flamas de metano o resplandores azules (producto éstos de reacciones quimico-luminiscentes en cadáveres descompuestos) pudieron haber sido interpretados como el alma que trata de salir por la piel.
McKeever Furst nos señala que el ihíyotl no sólo era percibido con la vista, sino también con el olfato: fray Alonso de Molina dice que el ihíyotl era una suerte de "huelgo". Sin embargo, los efluvios hediondos que lo caracterizan no deben ser atribuidos al metano, que es un gas incoloro e inodoro. Su origen se encuentra más bien en otros productos también asociados a la acción metabólica de las bacterias anaerobias: el amoniaco y el sulfuro de hidrógeno. Ambos son generados igualmente en el tracto digestivo junto con aminas volátiles, escatol, indol y una cadena corta de ácidos grasos. Bajo la lógica indígena, la persona que comiera abundantemente tendría muchos gases y, en consecuencia, un ihíyotl vigoroso, envidiado por flacos y enfermos. Asimismo, las mujeres embarazadas sentirían esta entidad anímica en su interior, confundiendo los primeros movimientos perceptibles del feto con el flujo interno de los gases fétidos propios de la gravidez. Y darían buenos augurios por la feliz conjunción del futuro infante y la fortaleza insuflada en él por el ihíyotl y la muerte.
Los efluvios fétidos tienen, sin embargo, una relación más estrecha con la descomposición de cadáveres. En los camposantos, los restos mortales liberan metano y gases fétidos de la descomposición de la putrescina y la cadaverina Éstos afloran a la superficie fácilmente, dando la sensación de que el alma escapa del cuerpo inerte en forma de luz y hedor. Cualquiera que observe un cadáver en descomposición notará que tras un par de días del deceso, el vientre genera puntos azul-verdosos, quizás explicados por los indígenas como la bilis del hígado en plena huida. Una semana más tarde, estos puntos cubren todo el cuerpo. En algún momento y de manera súbita, la piel torna su color del azul-verdoso al negro, fenómeno que inmediatamente nos remite a los dos colores predominantes de las esculturas de la Casa de las Águilas. Entonces y de manera semejante al embarazo, el cuerpo se hincha. Los fétidos gases internos lo mueven y el individuo --muerto-- parece reanimarse. Su ombligo se abotaga escandalosamente al igual que en las representaciones mayas del Dios A, y finalmente se liberan las emanaciones de materia corrompida. ¿El ihíyotl en fuga?
Esto nos evidencia por qué algunos nombres del Dios de la Muerte remiten a la putrefacción. Por ejemplo, a mediados del siglo XVIII, los tarahumaras daban al Demonio --Señor de la Muerte y el Inframundo-- el nombre de Huitaru, "El-que-es-mierda". Los lacandones y los mayas actuales llaman al dios de la muerte Cizin, es decir, " el flatulento". El origen prehispánico de este apelativo es claro en el complejo glífico T146.102:116, cuya traducción fonética es cizin(i). Según Eric Thompson, Chac Mitán Ahau, alusivo a la pudrición, podría ser otro nombre dado a los deidades de la muerte. Y en la lámina 13a del Códice Dresde el Dios A tiene un ano prominente delineado por el glifo fonético mo. En yucateco actual molo significa esfínter, rasgo físico nuevamente vinculado con la inmundicia y la descomposición.
Las imágenes de Mictlantecuhtli de la Casa de las Águilas, aterradoras, sedientas de sangre, semidescarnadas, con hígados prominentes y colores propios de la putrefacción se insertan en esta concepción escatológica del inframundo. Al igual que sus contrapartes mixtecas y mayas, las piezas mexicas nos transportan a un más allá oscuro, tenebroso, fétido, pero también fuente inagotable de generación universal. Dejamos aquí nuestras reflexiones. En otro trabajo discutiremos los íntimos vínculos de nuestras esculturas con pinturas murales, esculturas, ofrendas y entierros resguardados durante cinco siglos en las entrañas de la Casa de las Águilas.
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Ultima modificación: 31 de Mayo, 2000
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