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El hallazgo de las imágenes
Los contextos arqueológicos de la Casa de las Águilas estaban tan bien conservados en el momento de la excavación que no resulta difícil reconstruir mentalmente el escenario original ni imaginar su transformación a lo largo de los siglos. Todo comienza alrededor de 1469 d.C. cuando un pequeño basamento que se encontraba al norte del Templo Mayor fue cubierto con toneladas de arcilla del lecho lacustre para construir el edificio cuyos suntuosos interiores describimos en el apartado anterior. Sabemos que cuando menos tres de los accesos internos del flamante edificio fueron decorados con pares de esculturas de dimensiones ligeramente mayores a las humanas. La entrada principal del ala norte del edificio estaba custodiada por las dos imágenes de Mictlantecuhtli objeto de este trabajo Ambas esculturas se erguían sobre los remates de largas banquetas orientadas hacia el sur. La escultura que hemos denominado "elemento 4" se encontraba frente a la jamba este, en tanto que la otra, llamada "elemento 5", estaba frente a la jamba oeste.
Poco tiempo después, quizás dos o tres décadas, los mexicas decidieron ampliar una vez más la Casa de las Águilas, probablemente porque sus dimensiones y la calidad de sus acabados ya no eran dignas del esplendor que Tenochtitlan había alcanzado con las conquistas de los últimos años. El primer paso de dicha obra consistió en una compleja ceremonia de clausura.
Como era costumbre en aquellos tiempos, un grupo de sacerdotes clausuró ritualmente este espacio sagrado justo antes de dar inicio a las obras de ampliación. Afortunadamente, hoy día conocemos los pormenores de esta compleja ceremonia, gracias a una minuciosa excavación arqueológica en el interior de la Casa de las Águilas y a muy variados análisis de laboratorio. En el primer rito identificado, fueron literalmente bañadas con sangre humana las imágenes del Señor de la Muerte y de los personajes vestidos con trajes de águila que flanqueaban los principales accesos del edificio. En efecto, durante la excavación de una de las imágenes de cerámica, retiramos la tierra que la cubría y hallamos una materia rugosa sobre la cabeza, los hombros, los brazos y la espalda. Se trataba de una delgada capa de color marrón, cuya distribución era semejante a la de un fluido que ha sido derramado desde lo alto. Se tomaron inmediatamente numerosas muestras de esta extraña materia de color marrón, suponiendo que se trataba de restos sanguíneos en pésimo estado de conservación. Tras un primer grupo de análisis, se detectaron grandes concentraciones de hierro y de albúmina, es decir, de los principales componentes de la sangre. Posteriormente, Rocío Vargas del Instituto de Investigaciones Antropologógicas de la UNAM, realizó una serie de estudios por electroforesis en enfoque isoeléctrico. Estos análisis permitieron identificar de manera incontrovertible la presencia de hemoglobina de origen humano. De esta manera, se corroboró que las imágenes del Dios de la Muerte fueron bañadas con grandes cantidades de sangre de individuos sacrificados. Cabe mencionar que esta misma práctica queda patente en una escena del Códice Magliabechiano (lám. 76r) que nos sorprende por sus extraordinarias semejanzas con el rito escenificado en la Casa de las Águilas. (figura 6).
En el segundo rito identificado, el acceso fue clausurado ceremonialmente con una escultura que representa a una amenazante serpiente de cascabel. A continuación, los pisos de estuco, los braseros Tláloc, la serpiente de cascabel, las banquetas polícromas, las imágenes de cerámica y las pinturas murales, fueron cubiertos con una fina capa de arcilla lacustre. En ese momento se colocaron varias mandíbulas humanas frente al torso de cada una de las imágenes, posiblemente para enfatizar su muerte ritual y su enterramiento definitivo. Finalmente se rellenaron todos los cuartos con tierra y piedras, formando así una plataforma sólida que serviría de base al nuevo edificio.
Resulta sorprendente que, en el corto lapso que dista entre aquel momento y la Conquista, la Casa de las Águilas haya sido agrandada en tres ocasiones más. Esta época de furor constructivo terminaría rápidamente como consecuencia de la llegada de los españoles: en 1521, tras un prolongado asedio, la capital mexica cae y es asolada. La Casa de las Águilas es presa de la destrucción, salvándose tan sólo sus etapas más antiguas y profundas. Sobre sus ruinas se levantaría poco más tarde el primer convento de San Francisco.
De manera increíble, los trabajos de excavación para los cimientos de esta construcción religiosa se detuvieron a escasos 5 cm por encima de nuestras esculturas. Pasarían los siglos y, con ellos, una larga serie de edificaciones civiles ocuparían sucesivamente este mismo predio. En la segunda mitad del siglo XX, las esculturas estuvieron nuevamente a punto de ser destruidas cuando los trabajadores de la Compañía de Luz y Fuerza instalaron un transformador eléctrico a menos de 1 m del elemento 5.
Los cinco largos siglos que permanecieron enterradas nuestras imágenes concluyen en 1994. En ese año, como parte de los trabajos de la Quinta Temporada de campo del Proyecto Templo Mayor, decidimos realizar algunos túneles. José Francisco Hinojosa nos sugirió hacer uno de ellos en el extremo oeste de la Casa de las Águilas, con el fin de detectar el acceso principal del ala norte. La excavación del túnel fue sumamente fructífera: en agosto de ese año las dos esculturas de Mictlantecuhtli volvieron a ver la luz (figura 7).
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Ultima modificación: 31 de Mayo, 2000
Museo del Templo Mayor, Instituto Nacional de Antropología e História, México.
Seminario #8, Centro Histórico, Cuauhtémoc, México, D.F. 06060
©Copyright 1997
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